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Filosofía

Sexystencia

Client: ©VerdiaVeldora Design Group

Year: 2024

Status: Completed

Sexystencia es un ensayo publicado en nowness.co que hace una pregunta que la filosofía casi nunca se atreve a plantear en serio: no si la vida tiene sentido, sino si merece ser bonita. A través de Nietzsche, Camus, Bachelard, Diotima y Pierre Hadot, el ensayo defiende una tesis incómoda — que la estética no es la superficie de la existencia, sino una de sus condiciones.

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Solo como fenómeno estético están la existencia y el mundo eternamente justificados.

Friedrich Nietzsche, El nacimiento de la tragedia, 1872.

GÉNESIS

El fenómeno estético

Nietzsche tenía veintisiete años, era profesor de filología clásica en Basilea y estaba a punto de arruinar su carrera. El nacimiento de la tragedia, publicado en 1872, no se leía como un tratado académico: mezclaba erudición griega con la música de Wagner y el pesimismo de Schopenhauer, y llegaba a una conclusión que ningún filólogo serio de la época podía firmar. Ulrich von Wilamowitz-Moellendorff, la mayor autoridad clasicista de su generación, respondió con un panfleto demoledor titulado, con sorna hacia Wagner, Filología del futuro. Las matrículas de Nietzsche en Basilea cayeron en picado. Nadie quería sentarse en la clase de un hombre que acababa de proponer, en letra impresa, que la belleza era la única justificación posible del sufrimiento.

No era una boutade de juventud, aunque así se la trató durante décadas. Era la respuesta más honesta que Nietzsche había encontrado a una pregunta que lleva atormentando a Occidente desde Sócrates: si el sufrimiento es inevitable y ningún dios va a redimirlo, ¿qué queda? Nietzsche responde: queda la forma. El arte griego no negó el horror de existir. Lo miró de frente y, en lugar de huir hacia la razón o hacia el consuelo religioso, le dio una figura hermosa. La tragedia no resuelve el dolor. Lo transfigura.

Diez años después de arruinarse la cátedra en Basilea, Nietzsche encontró en La gaya ciencia el nombre definitivo para la actitud que llevaba buscando desde joven: amor fati. No basta con soportar lo que la vida trae. Hay que quererlo bello.

En este mismo espacio, Arché exploró si el hombre es espectador de la realidad o su creador, y encontró en Pico della Mirandola la idea de que el hombre no tiene una naturaleza fija precisamente para poder dársela él mismo. Sexystencia recoge esa idea justo donde Arché la deja: si el hombre tiene que esculpir su propia forma porque nadie se la dio, la pregunta que sigue no es metafísica, es estética. ¿Por qué no esculpirla bonita?

Esa pregunta no se resuelve en un capítulo. Se despliega en seis planos, cada uno anclado en un pensador que ya se la hizo, a su manera, con otras palabras. La pregunta que sostiene todo lo que sigue no es si tu vida tiene sentido. Es si, tal como la vives, merece ser mirada. De la respuesta depende cómo te vistes esta mañana, cómo ordenas tu casa esta tarde, con qué cara recibes lo que no elegiste.

Cuerpo soy yo íntegramente, y nada más; y alma es solo una palabra para algo del cuerpo.

Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra, 1883.

La primera obra

Para cuando escribió estas líneas, Nietzsche llevaba casi una década sin poder confiar en su propio cuerpo. Las migrañas habían empezado en la veintena y solo habían ido a peor, episodios que lo dejaban días enteros a oscuras. En 1879, con solo treinta y cuatro años, tuvo que renunciar a la cátedra de filología clásica que ocupaba en Basilea desde los veinticuatro, una de las edades más tempranas registradas para una cátedra así. Tres años después, con la vista ya demasiado dañada para escribir a mano de forma fiable, encargó una de las primeras máquinas de escribir que existieron, una bola de escritura Malling-Hansen, para poder seguir redactando sin depender de ver bien el papel. Los años siguientes los pasó moviéndose entre Sils Maria, en los Alpes suizos, y distintas ciudades del Mediterráneo, buscando el clima que menos le doliera. Así habló Zaratustra se escribió ahí, entre balnearios y habitaciones alquiladas, no en la salud sino a pesar de su ausencia.

Eso importa, porque el libro invierte una jerarquía que llevaba dos mil años en pie. Desde Platón, la tradición occidental había tratado el cuerpo como la cárcel del alma, lo inferior que había que trascender para pensar bien. Zaratustra le da la vuelta a la fórmula: llama al cuerpo "una gran razón", y a lo que llamamos espíritu, apenas "un pequeño instrumento y juguete" de esa razón mayor. No hay alma que gobierne un cuerpo obediente. Hay un cuerpo que piensa, y un espíritu que, en el mejor de los casos, se entera después.

Nietzsche no escribió esto desde la vitalidad. Lo escribió desde un cuerpo que fallaba casi a diario, y aun así insistió en tratarlo como la fuente de sentido, no como su obstáculo. Ahí está la primera obra de la sexystencia: no un cuerpo perfecto, sino el que hay, tomado en serio como la única razón que nunca ha mentido.

La casa es nuestro rincón del mundo, nuestro primer universo.

Gaston Bachelard, La poética del espacio, 1957.

Lo que habitan los rincones

Bachelard llevaba treinta años siendo uno de los filósofos de la ciencia más exigentes de Francia cuando, a los setenta y tres, escribió un libro entero sobre cajones. Antes de eso había sido, durante una década, empleado de correos y telégrafos en su Bar-sur-Aube natal; se doctoró en filosofía en la Sorbona en 1927 y pasó las tres décadas siguientes exigiendo, en libros como La formación del espíritu científico, que el pensamiento rompiera con la intuición y se purificara hasta la abstracción matemática. Fue catedrático de Historia y Filosofía de la Ciencia en la Sorbona hasta 1954. Y entonces, en el tramo final de su vida, escribió el reverso exacto de esa obra: La poética del espacio (1957), un libro que defiende que un cajón, un desván o un rincón merecen la misma atención filosófica que un átomo.

A su método lo llama topoanálisis: el estudio de los espacios donde vivimos no como metros cuadrados, sino como imágenes que habitamos. Le dedica un capítulo entero a los rincones, y en él sostiene que cada uno, por pequeño que sea, es ya el principio de una casa entera, porque ahí es donde alguien se repliega sobre sí mismo y, en ese repliegue, empieza a imaginar. La casa no es donde vivimos. Es donde soñamos que vivimos, y por eso, escribe Bachelard, es nuestro primer universo.

Habitar bien, entonces, no tiene casi nada que ver con reformar. Tiene que ver con mirar: la luz de una ventana a media tarde, el orden de un cajón, el rincón al que uno vuelve sin saber muy bien por qué. Sexystencia no pide una casa más grande. Pide una mirada más atenta a la que ya se tiene.

Amo esta vida con abandono y quiero hablar de ella con libertad. Albert Camus, Bodas, 1939.

El mediodía no pide perdón

Camus tenía diecisiete años cuando los médicos le diagnosticaron tuberculosis, en el Argel de 1930. La enfermedad interrumpió sus estudios y lo acompañaría, en recaídas, el resto de su vida. Tenía poco más de veinte años, todavía con esa misma enfermedad en el cuerpo, cuando escribió los ensayos sobre el sol y el mar de Argelia que se publicarían en 1939 bajo el título de Bodas. No los escribió a pesar de la enfermedad. Los escribió sabiendo, mejor que casi nadie a esa edad, que el cuerpo no es eterno.

En Bodas en Tipasa, el más célebre de esos ensayos, describe las ruinas romanas junto al mar, el olor del ajenjo, el sol sobre la piel, y llega a una conclusión que nada tiene de ingenua: hay que vivir esto con abandono, porque es lo único que se tiene garantizado. Doce años después, en El hombre rebelde (1951), le daría nombre filosófico a esa misma intuición: el pensamiento del mediodía. Ni el exceso ciego que niega todo límite, ni la renuncia que niega el cuerpo. La medida: el goce consciente de que nada va a durar, y aun así entregado por completo.

Comer bien, tomar el sol, disfrutar sin pedir perdón, no es frivolidad. Para alguien que escribió esas líneas con la tuberculosis todavía en los pulmones, era la respuesta más honesta que existe a un mundo que no promete nada.

El amor es, en resumen, el deseo de poseer siempre el bien. Platón, El banquete, c. 385 a. C.

El primer peldaño

En enero del 416 a. C., en Atenas, el dramaturgo Agatón celebra su primera victoria en un concurso de tragedias. La fiesta dura varios días; en la segunda noche, los invitados, todavía resacosos de la anterior, deciden beber poco y en su lugar improvisar, cada uno por turno, un discurso en honor a Eros. Sócrates habla en sexto lugar, y hace algo que ningún otro invitado se atreve: en vez de elogiar el amor con sus propias palabras, cuenta lo que una vez le enseñó una mujer, Diotima de Mantinea, sacerdotisa y filósofa. No hay ningún rastro histórico de ella fuera de este diálogo; es casi seguro que Platón la inventó, y aun así decidió poner en su boca la enseñanza más importante de todo el libro, y al propio Sócrates, el hombre más sabio de Atenas, en el papel de alumno.

Lo que Diotima le enseña es una escalera. Se empieza amando un solo cuerpo hermoso. Después se comprende que esa belleza no es exclusiva de ese cuerpo, sino que se repite en todos los demás, y el amor se abre. Luego se descubre que las almas son más bellas que los cuerpos, después que las leyes y las costumbres también pueden serlo, y después el conocimiento mismo. En el último peldaño ya no queda ningún cuerpo, ninguna persona concreta: solo la Belleza en sí, de la que todo lo anterior, incluido el primer cuerpo que se amó, no era más que un reflejo. Diotima resume el motor de toda la escalera en una sola frase: el amor es el deseo de poseer siempre el bien, y la única forma de poseerlo para siempre, dado que nadie es inmortal, es engendrarlo: hijos, en el sentido más literal, o discursos, ideas, obras, en el sentido que a Sócrates más le importaba.

No importa en qué peldaño se quede cada quien; ninguno es falso, ni siquiera el primero. Vincularse con alguien por un gesto, una mirada, la forma en que ocupa una habitación, ya es, dice Diotima, subir el primer peldaño, y quien se niega a hacerlo por miedo a parecer superficial simplemente se queda abajo.

Amor fati: ¡sea éste desde ahora mi amor! Friedrich Nietzsche, La gaya ciencia, 1882.

La cara con la que se recibe

En agosto de 1881, caminando junto al lago de Silvaplana, cerca de una roca con forma de pirámide a las afueras de Sils Maria, a Nietzsche le asaltó la idea más pesada que se le ocurriría nunca. La resume así en La gaya ciencia, aforismo 341: imagina que un demonio se te aparece una noche y te dice que vas a tener que vivir esta misma vida, con cada dolor y cada alegría, exactamente en el mismo orden, una y otra vez, para siempre. ¿Te aplastaría esa idea, o te postrarías ante ella como ante lo más divino que has oído? Nietzsche llamó a esto "el peso más grande". Había subido a esa altitud, como ya contamos en "la primera obra", huyendo de las jaquecas que lo destrozaban en las tierras bajas; el pensamiento más extremo que escribió sobre querer la vida entera le llegó en mitad de una caminata que hacía por culpa de su propio cuerpo enfermo.

Cinco meses después, en enero de 1882, en Génova, encontró la única respuesta posible a ese peso. La llamó amor fati: no basta con soportar lo que la vida trae, hay que aprender a ver hasta lo más duro de las cosas como parte de su belleza, hasta convertirse en alguien que embellece en lugar de acusar.

En Así habló Zaratustra, publicado un año después, Nietzsche pone a prueba su propia doctrina a través de su personaje. Cuando Zaratustra por fin se enfrenta de lleno al pensamiento del eterno retorno, no lo acoge con serenidad: cae enfermo y pasa siete días en cama, incapaz de comer ni beber, mientras sus animales lo cuidan. Lo que lo enferma no es solo repetir su propia grandeza, sino saber que también el hombre más pequeño, el más mediocre, recurrirá eternamente, exactamente igual. Solo al recuperarse logra decir que sí a todo ello sin reservas.

Nadie elige lo que le pasa. Se elige, como mucho, la cara con la que se recibe. Sexystencia no promete evitar la pérdida, el fracaso, ni el cuerpo que un día empieza a fallar, como le falló a Nietzsche mientras escribía todo esto. Promete que, incluso ahí, queda una elección: quererlo tanto que, si tuviera que repetirse exactamente igual, la respuesta siguiera siendo sí.

Gran milagro es el hombre, ¡oh, Asclepio! Giovanni Pico della Mirandola, Oratio de hominis dignitate, 1486.

Ilustración del ensayo Arché

El material sin esculpir

Dignitas hominis

A finales de 1486, con veintitrés años, Pico della Mirandola había reunido novecientas tesis sacadas de todas las tradiciones que había podido leer: filósofos griegos y latinos, pensadores árabes, la Cábala judía, los textos herméticos. Invitó a los eruditos de toda Europa a Roma a debatirlas con él, y se ofreció a pagar el viaje de su bolsillo. La disputa estaba prevista para la Epifanía de 1487. Como introducción escribió un discurso que abre citando, no a un autor cristiano, sino al hermético Hermes Trismegisto: "Gran milagro es el hombre, ¡oh, Asclepio!". Nunca llegó a pronunciarlo: el papa Inocencio VIII encargó a una comisión que estudiara las tesis, que declaró trece de ellas heréticas o sospechosas, y prohibió la disputa entera antes de que empezara. Pico moriría ocho años después, con solo treinta y uno.

Lo que defiende en ese discurso es que Dios, al crear al hombre, no le dio ningún lugar fijo en la jerarquía del universo, ni una naturaleza propia, ni ningún don exclusivo, porque ya los había repartido todos entre el resto de las criaturas. Al hombre le tocó, en cambio, la posibilidad de tener un poco de todo eso, y la tarea, que es también una condena, de decidir él mismo qué hacer con ello: puede degradarse hasta lo brutal o regenerarse hasta lo divino, según su propia voluntad. No hay arquetipo que copiar. Solo hay material, y una orden: esculpirse a uno mismo.

Esa es la premisa sobre la que se sostienen los seis planos anteriores. Si el cuerpo, el espacio, los sentidos, los vínculos, la actitud y el ritual importan tanto, no es por capricho estético: es porque son, literalmente, el material con el que cualquiera cuenta para la única obra que se le exige. Arché ya exploró lo que esta misma idea significa para la pregunta de si el hombre observa la realidad o la crea. Sexystencia solo añade una pregunta más pequeña y, aun así, decisiva: si de todos modos hay que esculpirse, ¿por qué no esculpirse bonito?

Nadie viene con una forma dada. Elegir que la propia, cuando por fin exista, sea bonita, no es vanidad. Es la manera más seria de tomarse en serio la única libertad que, según Pico, viene incluida de fábrica con el ser humano.

Sexyste.